Relato erótico. Autor: Alberto Celis Miranda.
…aquella chica se desprendió de una aireada bata de trabajo, dejando casi libres aquellos hermosos pechos, apenas sostenidos por una diminuta franelilla de algodón enchumbada en una mezcla de sudor y agua del rociador, aquella pieza sólo cubría sus pechos…
Estaba yo asomado en mi balcón del tercer piso, contemplando una tarde llena de matices que resbalaban de las nubes hacia las montañas al ser rozadas por esos moribundos rayos de Sol que van cayendo con el ocaso, respiraba pausadamente como si el aire estuviera racionado, una paz invadía mi cuerpo, la estancia, el atardecer. Todo un momento. Simple y a la vez grandioso. Estando a la mitad de este glorioso instante, escucho una dulce voz tocando susurrando mi nombre como si fuera la palabra más deseada del planeta, de verdad nunca había escuchado mi nombre de una manera tan sensual, al volverme hacia la fuente del excitante sonido puedo ver la hermosa cara de la chica que limpia mi estancia de vida.
Portadora de una silueta graciosa con caderas pronunciadas, una piel canela sugestivamente atrayente acompañada de un rostro dulce acariciado por un cabello rizado, oscuro y mojado por el sudor. Pero su sonrisa fue lo que más me cautivó. Quedé atónito observándola con mi cara de imbécil y una sonrisa de cual niño que mira un dulce de pastelería, así estuve quién sabe cuanto tiempo, en silencio, solo viendo ese espectacular manjar a escasos centímetros de mi boca. Su olor invadía mis sentidos, aquellos impulsos eléctricos llegaban a mi cerebro desbocados y chocando entre sí.
Sin lugar a dudas, ella se percató de mi trance y reaccionó diciendo una frase simple – Sr. Alberto, me da un permiso para limpiar aquí – fue ese momento cuando caí desde lo alto y volví en mi. Dejando el espacio que ocupaba libre para que la diosa de la pulcritud hiciera su trabajo.
En la noche, la adorable chica planchaba una de mis camisas con un suave movimiento y subiendo la mirada de vez en cuando para tropezar con la mía que permanecía al borde la puerta observándola en silencio. Ella sólo me veía y sonreía con ese aire de ingenuidad y encerrando la más acusadora picardía. El vaivén de la plancha hacía que sus pechos casi al borde de asomarse en totalidad y asechados por mi mirada filosa y puntiaguda se balancearan de un lado a otro, permitiendo que se asomara un fragmento de esa delicada y oscura aureola. Con cada movimiento su cabeza hacía giros para echarse el cabello hacia atrás y quitarlo de sus preciosos montículos canela. Sin lugar a dudas ella disfrutaba la escena, a tal punto que se mordía los labios y los mojaba con su lengua para una mayor tortura de su observador.
El calor de esa habitación no era normal, no sabía quién estaba más caliente, si la plancha, ella o yo. La noche ya había caído completamente, las luces de las lámparas parecían velas ante el calor que emanaban nuestros cuerpos… aquella chica se desprendió de una aireada bata de trabajo, dejando casi libres aquellos hermosos pechos, apenas sostenidos por una diminuta franelilla de algodón enchumbada en una mezcla de sudor y agua del rociador, aquella pieza sólo cubría sus pechos, todo su vientre quedaba descubierto y un pequeño short de algodón quedó expuesto al caer la dichosa bata, no era ajustado, todo lo contrario era muy ventilado, de color blanco como la franelilla, pero corto como para dejar apreciar las curvas de aquellas carnes morenas.
Estaba ido de mi, no se cómo no le salté encima y la besé por todos lados. Creo que había perdido mi voluntad, mi movilidad, estaba totalmente quieto, mi mirada fija en aquella escultura femenina, caliente, mojada, ansiosa… casi sentí que mi corazón me mordía el pecho. Ella se me acercó, mirando mi pecho, su cabeza me llegaba a esa altura, ciertamente una mujer pequeña pero extraordinariamente equipada. Al estar de pie frente a mi, subió su mirada, juntó sus ojos con los míos, puso su pequeña mano sobre mi pecho y haciendo el gesto que arreglaba mi camisa y me dijo con esa vocecita suave y ronquita a la vez – Terminé… - Fue en ese momento que me dejé llevar por mis instintos. Dejé respeto, moral, educación y cualquier otro tapujo encerrado en lo más profundo de mi cerebro y la tomé suavemente por aquella desnuda cintura que hacía resaltar sus poderosas caderas y un trasero respingón e incitante.
Sus feromonas llenaban todo el lugar, sus ojos se cerraron suavemente, sus labios se separaron y sentí su aliento abrazar e mío. Nunca había sentido tanta electricidad en un beso, tanto deseo, la pasión con que empezamos a apretarnos, besarnos y acariciarnos era arrolladora. Sus pechos, su piel, su boca, su lengua y hasta su cabello todo parecía una sola cosa alrededor de mi boca… perdí la conciencia de dónde estaba.
En pocos minutos estábamos fundidos en un sólo cuerpo sobre la ropa que ella estaba planchando. De allí pasamos a todos los rincones del apartamento, la sala, la cocina, el bar…. en realidad no dejé ningún lugar que no recorrí, ni de su cuerpo ni del apartamento. Aquello fue un tour por su piel y sus labios, una escalada desde sus pies hasta sus muslos, hice una expedición por sus nalgas y su espalda, volé por sus brazos y manos… y me hundí entre sus pechos y su sexo… su humedad me bañaba, sus gemidos me daban cosquillas en el pecho, su mirada me encantaba, me perdí entre sus brazo y besos. Mi nombre se me olvidó, aunque ella me lo recordaba entre cada abrazo, cada delicada mordida, cada beso…
Y allí estaba yo, asomado en mi balcón del tercer piso, contemplando el amanecer y escuchando las tertulias de los pájaros al posarse sobre las ramas de los arboles color naranja, mis ojos se perdían entre tanta belleza, el naciente Sol se robaba el brillo de mis ojos que resplandecían de júbilo y aquella sonrisa perversa se asomaba de mi cara, cual alma que encuentra su mitad perdida, una mitad que retozaba desnuda entre mis brazos disfrutando de las maravillas de aquel amanecer después de una noche gloriosa.
Alberto Celis M.
Aquí les dejo este pequeño fragmento salido de mi atormentada mente, espero lo disfruten como lo disfruté yo… les deseo los mejores amaneceres mis amigos y amigas. Y espero piensen en sus novias, esposas o peor es nada como lo que son: mujeres sensuales y ardientes que esperan ser amadas y deseadas por sus hombres, no maltratadas y olvidadas en algún rincón, planchando y lavando pisos… y para las chicas les recomiendo convertir todas esas tareas tediosas en excitantes y lujuriosos encuentros sexuales.
Si tienen mucho problema, busquen unas amiguitas para que las ayuden…

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