Por Alberto Celis Miranda AKA El Gordo Alberto / Dr. Coitus
Un hombre llega a su casa después de un viaje de trabajo fallido pero cuál es su sorpresa que al entrar se encuentra con algo totalmente inesperado…
Deja que tu imaginación navegue por los mares de la seducción y el deseo…
El Regalo
Relato erótico de Alberto Celis Miranda
Esa noche el taxista parecía estar frustrado por nunca haber podido participar en algún rally por Europa o Asia, yo iba con la esperanza de descansar de este viaje que parecía interminable y cada vez se hacía más y más latoso, aquellos esbirros del aeropuerto tratan a todos como si fueran terroristas o narcotraficantes y el negocio que tenía que salir bien, pues, salió mal. De igual forma estaba tranquilo imaginando que mi momento como “ejecutivo” sería muy pronto. Esa noche lo único que pasaba por mi cabeza era mi ducha, una buena cena y mi cama.
El taxista, venía hablando cosas que la verdad no recuerdo, lo único que sé es que llegamos a mi casa muy rápido y eso, a pesar de uno que otro susto en la vía, me daba mucha satisfacción. Pagué mi cuenta con una sonrisa, descargué mi equipaje y agradeciendo cortésmente a mi veloz chofer me disparé hacia la puerta de mi casa.
Empecé a hurgar por mil bolsillos, la maleta y el bolso las benditas llaves de la puerta. Nada. Mi mente trataba de sosegar un grito acompañado de una mala palabra que pudiese advertir a los vecinos de la brutal arrechera que estaba acumulando. ¿Dónde puse las llaves? Volví a buscar y no encontré absolutamente nada, imaginé las había dejado en el avión, el taxi, el aeropuerto o quién sabe dónde, pero una luz se posó sobre mi nariz y recordé que se las había dejado a mi novia porque me dijo que quería usar la lavadora, obviamente no recordaba porque salí apurado al aeropuerto ese día.
Eran casi las 12:00am, estaba en la puerta de mi casa, sin llaves, con hambre, sueño y la verdad estaba haciendo algo de frío. Agarré mi celular para llamar a mi chica y cuadrar la entrada a mi humilde morada, en eso recordé una fallo de seguridad que existe en mi casa. La puerta del lavandero. Entonces pensé, para qué molestar a casa de mi novia a esta hora y hacerle tener la impresión que pasó algo, a la final ella no me espera sino hasta mañana, así que decidí hacer un último esfuerzo esa noche y encaramarme cual ladrón en el muro perimetral de mi casa, lancé mis maletas y menos mal no puse tendido eléctrico, pero con la facilidad que pasé el muro siendo un peso pesado, creo que debo hacerlo.
Estando dentro de mi patio lateral, fui a la puerta en cuestión, efectivamente el cilindro está dañado y abre con cualquier llave u objeto. Al mejor estilo McGyver saqué mi cortaúñas alemán e hice girar amablemente el cerrojo… ¡al fin dentro!
Rápidamente me despojé del exceso de peso, mis botas, mi chaqueta, puse en la cocina las maletas y me dirigí a la nevera. Que alivio comer algo, rellené un pancito con queso y mermelada mientras organizaba mis ideas para cocinar algo rápido. Pero, noté algo raro, si, algo no estaba bien. Tengo una virtud muy grande y esa es la de saber cómo dejo mis cosas. Inmediatamente pensé que esa botella de vino vacía se la había tomado mi novia cuando estuvo lavando. Ciertamente me molestó el hecho que hubiese dos copas. Bola baja.
La misma sensación que tuve al no encontrar las llaves estaba de nuevo apoderándose de mí. En eso escuché unos ruidos y risas. Un momento… ¡vienen de mi cuarto! Sigilosamente me fui acercando a mi habitación y logré ver la luz encendida a través de la puerta entre abierta. Imaginaba a la descarada con otro tipo haciendo el show en ¡Mi casa! ¡Mi cama! ¡Mi botella de vino…! ¡La madre que la parió!
Mi mente y cuerpo estaban por convertirse en Chuck Norris cuando logro vislumbrar la escena que sucede en mi cuarto. Efectivamente mi novia con… ¿con su amiga? No joda… ya me estaba haciendo yo una idea que me estaban montando cachos y venía con ganas de batear al sujeto, pero nunca me imaginé que la vaina era una pijamada.
Cuando me disponía a interrumpir la velada y darles el susto con mi llegada anticipada, algo muy dentro de mí me detuvo y me puse a observar la escena entre amigas.
Mi novia llevaba una camisa mía puesta al parecer como única indumentaria; a su lado yace toda risueña y sonrojada su estirada amiga, digo estirada porque es de ese tipo de personas inmamables de lo sifrina. La amiguita traía puesto un pijama cortico de algodón rosado, muy sexy la verdad, nunca imaginé que bajo esa superficialidad de mujer estuviesen guardados ese trasero, unos pechos generosamente duros y ese par de piernas.
Mi chica por su parte le hablaba suavecito mientras jugaba con sus cabellos, ella está sentada y su amiga se arrima para que su cabeza pueda quedar sobre sus muslos. En un momento mis ojos creyeron ver que la amiguita besaba con mucha delicadeza los muslos de mi novia, pero no quise darle crédito a la cuestión. La escena se mantuvo así unos minutos, yo seguía en mi posición esperando, no se qué carajo, era mi instinto que me dominaba.
En un instante la amiga se incorpora y se posa frente a mi novia, cada vez más cerca y con una mano le toca el cabello y su rostro. Se acercó a su cara y le besó la mejilla, la otra mejilla, jugaban nariz con nariz mientras se reían como niñitas. Finalmente se entrelazan los dedos, se abrazan, dejan de reírse y se enfrascan en un soberano beso.
Sus lenguas se entrelazaban de una manera que jamás había visto, podía escuchar el sonido que hacían como si estuvieran amplificadas sus bocas, se juntaban cada vez más sus cuerpos, tocándose con las manos, recorrían sus brazos y espaldas haciéndose cada vez más atrevidas, pasando por los pechos y las nalgas.
Se apretaban a medida que iba subiendo la temperatura, parecían una sola mujer, estaban fundidas una a la otra, arrodilladas una frente a la otra sobre mi cama, besándose y estregando sus pechos, sus lenguas. Casi podía sentir sus alientos sobre mi boca, veía como aquellos pezones se endurecían cada vez más al punto de casi desprenderse de sus pechos.
Por mi parte, mi pene estaba casi que explotaba, aquella lasciva escena me había logrado ahogar el hambre y en cansancio del viaje. Mi mente estaba vacía y sólo tenía una prioridad: no dejarme descubrir.
Aquellas doncellas de Safo emanaban un calor inmensurable en la habitación. Sus cuerpos ya entrelazados por las piernas, estaban acostados en mi cama, girando de un lado a otro como si estuviesen en un asador. Sus besos se prolongaban y una que otra vez una boca se despegaba para buscar morder y chupar el cuello de su compañera, o un pezón al descubierto, los succionaba hasta el agotamiento. Ya no distinguía de entre tantas carnes cuál era mi novia, el olor de sus sexos ya ocupaba toda mi casa, ahumaba los vidrios, mi mente estaba al borde del colapso por la excitación; aquellas mujeres no paraban de lamerse, tocarse, chuparse y gemir como trastornadas.
En eso mi novia acostó a su amiga y empezó a deslizarse vientre abajo de su compañera. Subió aquellas hermosas y bien torneadas piernas y las puso una en cada hombro, en el momento que su lengua tocó aquella mojada fruta se escuchó un grito de placer. Aquella mujer se retorcía y apretaba mis envidiadas sábanas. Mi novia se afianzó en las nalgas de su amiga y empezó a comerse ese conejito suave, mojado y afeitado. Bajaba hasta el “nie” y pasaba hasta el culo. Lo lamía todo, la mordía en las nalgas, aquella chica gemía, gritaba, sollozaba, parecía que iba a explotar. Aquellos gritos eran más agudos cuándo la lengua de mi chica se posaba en su centro de placer.
Podía ver cuando la boca de mi novia atrapaba el clítoris de su amiga y lo succionaba con fervor. La saliva y los dulces jugos de su compañera se derramaban por su cuello y caían sobre sus pechos, aquello era un asombroso banquete.
El espectáculo me estaba ofuscando y sinceramente estaba a punto de saltar sobre ellas y meter mi lengua donde primero cayera, no había desperdicio. Mi novia es hermosa y con unas caderas espectaculares, un par de pezones gigantes acomodados en casi nada de pecho pero compensado con mucho trasero, su cabello rubio con mechas hasta los hombros, piel acanelada y piernas muy gruesas con pies pequeños. Su amiga, blanca como una estrella, pechos grandes y naturales, cabello negro corto, carita muy fina y linda. Sus labios al mejor estilo Scarlett Johansson, unas piernas fabulosas y trasero de brasilera. Un par de beldades dignas del Olimpo.
Después cambiaron roles y su amiguita empezó a castigar a mi novia con su lengua. Nunca me imaginé todas las cosas que una lengua podría hacer. Era impresionante, parecía de otro mundo. Aquella mujer puso en cuatro a mi chica la hizo parar su prominente culo y se hundió en ella, parecía que se estaba metiendo dentro. Después empezó a utilizar sus dedos dentro de ella, los lamía y los metía en su ano y vagina. Los agitaba fuertemente mientras lamía sus labios y el clítoris que parecía estallar. Los gritos de placer deben haberse escuchado en la entrada de la urbanización. Aquello era todo un show. Mi miembro y mi cerebro se habían intercambiado y mis ojos ya veían borroso. Aquello me tenía envuelto como en una nube de plasma.
En un instante mi chica casi pierde el control ante las manos y lengua de su amiga, aquella mujer le succiona el clítoris y casi lo arranca con la lengua mientras le introduce un par de dedos en el ano y otros en la vagina, le da nalgadas, le agarra los pechos, la muerde suavemente, parecía una máquina de placer. Parecían dos víboras entrelazadas una a la otra.
Al fin mi número favorito, el 69. Empezaron la faena, la cama brincaba y casi caminaba por la habitación. Eran como un par de gatas salvajes peleando. Se apretaron cada vez más una a la otra, se notaba la llegada del orgasmo. Ninguna quería soltar a la otra, solo se escuchaban los gemidos mientras se comían sus húmedos y flameantes sexos. Temblando gritaron a la vez mientras se masturbaban juntas. Mi órgano sexual estaba tan duro que casi rompía mi pantalón, tuve que sacarlo y aliviarle mientras le daba unos frenéticos masajes de distención. Había llegado al borde de la excitación. Sentía mi orgasmo venir.
Aquello era lo más hermoso que había visto en mi vida. Las dos mujeres se vinieron juntas en un orgasmo múltiple y largo. Estaban sudadas y extenuadas pero sus cuerpos pedían más sexo y lujuria. Aquella habitación estaba a punto de agarrar candela de tanto ardor.
En mi incertidumbre, no sabía qué hacer que fuera más allá de masturbarme. Si hacía una entrada triunfal ¿qué podría pasar? quería salir de la banca y jugar en ese partido, ser parte de la ecuación, tenía que ser cuidadoso para que no hubiese rechazo.
Mientras tanto, las diosas del sexo estaban reposando de tantos orgasmos y placer. El miedo pudo más que mi voluntad y decidí deponer la idea para después. Me escondí en el cuarto de huéspedes silenciosamente no sin antes limpiar mis huellas de la cocina y ocultar mis maletas. En lo que me acuesto para relajar mi mente y cuerpo siento mi celular vibrando, un mensaje de texto de mi novia:
- Espero te haya gustado el regalo…

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