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lunes, 15 de junio de 2015

La Terraza – Relato erótico

Por El Gordo Alberto AKA Dr. Coitus

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Siempre recuerdo con placer esa tarde que llegamos a la posada, una bellísima y casi mágica, aquel ambiente seductor y tan tranquilo, lo único que rompía el silencio eran las olas del mar y la brisa marina que recorría los pasillos de aquella estancia espectacular…

Nos instalamos, llevaron nuestro poco equipaje, recuerdo que teníamos mucha hambre y nos fuimos al restaurant, tú con tu sonrisa que iluminaba todo el recinto y tu cabello negro que se dejaba acariciar por la cálida brisa marina de la media tarde.

Comimos de lo más sabroso, dimos una vuelta de reconocimiento por las instalaciones de la posada, que más parecía un hotel 5 estrellas; todo limpio y cuidadosamente mantenido, una atención inmejorable y sus instalaciones increíbles. Hablamos con las personas que nos atendieron y nos escoltaron a nuestra habitación de nuevo.

La vista maravillosa en la terraza no dejaba de asombrarnos, estuvimos paralizados un rato contemplando aquel majestuoso paisaje marino, las lanchas pasar, las aves, el Sol aún fuerte pero se disfrutaba de lo mejor.

Decidimos reposar un rato, juntos en aquella irresistible gran cama súper acogedora, entre el viaje y la sustanciosa comida estábamos exhaustos.

Deben haber pasado unas tres horas o más, al despertarme estaba sólo en la súper cama, miré a mi alrededor y ya era de noche, aun así podía ver claramente, logré verte parada en la terraza de la habitación, inmóvil, deslumbrante con tu vestido de playa, una luz exterior lo iluminaba por debajo y dejaba ver tu cuerpo desnudo por la transparencia, recuerdo haberme quedado un rato contemplando tu figura, un espectáculo, te sumabas al paisaje nocturno, eras parte de la majestuosidad de aquel paraje, esa fusión contigo era lo único que le faltaba a esa vista para ser perfecta, tu cuerpo, tú.

Me puse de pie y llegando por tu espalda te abracé con la mayor ternura que pude, para no sobresaltarte, me recibiste como una gatita dejándote caer sobre mi pecho, volteaste a mirarme y me besaste. Tu perfume se mezclaba con la bruma marina y la brisa lo arrojaba hacía mí. Estuvimos un buen rato abrazados contemplando el horizonte, las luces de los barcos y las islas en la lejanía, las estrellas, el sonido del mar, el olor del salitre… todo fusionado con la visión y sensación de tu cuerpo desnudo bajo ese vestido transparente.

Disfrutaba oler tu cabello, tu cuello y tus hombros, los besaba y acariciaba con mis labios, todo muy suave y lento. Quería que ese momento fuera eterno. Seguíamos abrazados, parecíamos una sola persona, tu piel se erizaba con cada beso, sentía cómo tu cuerpo se estremecía con cada caricia, al fin llegué a tu boca y nos dimos un beso lleno de pasión, tu lengua parecía querer salir de tu boca y abrirse paso dentro de mí, sentí cómo suspirabas y gemías, eso me enloquecía… nos deteníamos por segundos para ver nuestras caras y mirarnos a los ojos, que brillaban como iluminados por dentro, eso nos daba más ganas de seguir besándonos como poseídos el uno por el otro.

Mis dedos recorrían tu rostro, acariciaban tus labios mientras los besaba una y otra vez, acariciaba tu nuca y tu cabello se deslizaba entre mis manos. No pasó mucho tiempo en que mis manos cambiaran de rumbo y comenzaran a tocar el resto de tu cuerpo, tu espalda fue mi primera parada, te abrazaba y pegaba tu cuerpo al mío con fuerza sin dejar de besarnos… apenas cogíamos aire… poco a poco fui recorriendo toda tu anatomía, suavemente pero con cierta presión, cada vez que te apretaba un poco gemías divino y me abrazabas más fuerte.

En un instante te volví a dar vueltas y apoyaste tus manos sobre la baranda de la terraza, quedé justo detrás de ti y mis manos comenzaron su recorrido por tus pechos, tus pezones casi se salían de tus pechos, casi rompían el vestido para escapar, te agarraba tu cintura y acariciaba tu vientre, volvía a tu espalda y cuello para bajar por tus hombros de vuelta a los pechos…

Te inclinabas para poder sentir mi erección con tus nalgas perfectas, lograbas abrazar mi pene bajo mi ropa como si lo tuvieras entre tus manos, esa dureza parecía enloquecerte y movías tus caderas para poder sentir mejor.

Seguí bajando poco a poco y comencé a subir lentamente el vestido dejando una abertura para que mis manos pudieran acceder y tener contacto con tu piel desnuda. Aquello te estremecía, mientras te tocaba las caderas, los muslos y besaba tu cuello… Tu olor me sacudía y me llevaba a seguir y seguir sin detenerme a pensar nada. Lo único que quería era sentir tu piel y besarla.

Mientras estaba acariciando tus piernas, tus nalgas y el interior de esos hermosos muslos fue cuando decidiste subir la pierna y apoyarla en uno de los tramos bajos de la baranda de la terraza, esa baranda que era testigo de todo ese desborde de tu belleza y la pasión que nos embriagaba.

Al subirla tus nalgas se abrían ofreciéndose a mis manos, logré quitarte el vestido y quedaste desnuda ante mí y aquel paisaje nocturno, temblabas y gemías mirando hacia el cielo, metí mis dedos suavemente por entre tus nalgas y podía sentir tu calor quemándome, apretaba el interior de tus muslos muy cerca de tu ingle, aquello te volvía loca, te lanzaste sobre mí de espalda como posesa de la lujuria mientras abrías las piernas lo que podías y para que mi mano alcanzara tu vagina húmeda y fogosa…

Soltaste un gemido salvaje que rompía aquel silencio dando la descripción completa del estado de su propietaria; parecía como si tu cuerpo quisiera engullir mi mano, aquella sensación era indescriptible. Nos besábamos, me apretabas, gemías, temblando de placer… logré ponerte de nuevo en la misma posición y comencé a lamer tu espalda, mientras seguía acariciando tu bajo vientre y tu deliciosa vagina suavemente, con mi otra mano tocaba tu boca y tus pechos, cada vez que un dedo tocaba tus labios, lo chupabas con desesperación.

En un instante, estaba en tus nalgas y mi lengua fue desapareciendo entre ellas, me tiré en el piso debajo de ti y metí mi cabeza entre tus piernas, lamía todo a mi paso, tomaste mi cabeza con una mano mientras con la otra te afianzabas fuertemente a la baranda de la terraza y empujabas como si quisieras meterme dentro… mi cara estaba toda bañada de tu miel, mi boca, todo, me volvías loco…

Mis manos te sujetaban de las nalgas pero podía tocar tu culito con un dedo, estabas tan mojada y caliente, poco a poco dejé que mi dedo se deslizara en tu agujero. Aquello te hizo gritar de placer y agarrarme más fuerte, en segundos te dejaste caer sobre mí, aún no me explico cómo me quedé sin short y desnudo debajo de ti, mi pene estaba tan duro como la baranda de aquella terraza. Te montaste tú misma sobre él y lo dejaste entrar en tu humedad de un solo golpe, tus piernas me amarraron, pero te las ingeniaste para dejarlas sobre la baranda detrás de nosotros, eso hizo que la penetración fuera muy profunda y salvaje…

Nos besábamos, gemíamos, temblábamos y nos abrazábamos fuertemente para no despegarnos… En un vaivén desaforado sentías mi pene llegar hasta lo más profundo de ti y volver, te agarré de las piernas y te alzaba en peso adelante y atrás, podía sentir tu clítoris rosar conmigo, eso te hacía volar de placer, tus gemidos se volvieron gritos de placer, ambos estábamos dominados por el placer que sentíamos, nuestros cuerpos estaban calientes sabiendo que nuestros orgasmos estaban a la vuelta de la esquina.

Nos mirábamos fijamente mientras sentía como tu vagina palpitaba sobre mi pene, llegabas a un orgasmo casi que con cada embestida, uno tras otro, tu visión era mi éxtasis, aquello me volvió loco de excitación, incluso más de lo que ya estaba… sólo sentía cómo estaba al borde del orgasmo en medio de todas esa locura de placer.

Ver tú cara de placer, tus ojos mirándome mientras eyaculaba dentro de ti, tu boca entre abierta buscando besarme, tus gemidos, esa forma de apretarme a tu cuerpo… fue increíble. Me fui dentro de ti, llenado tu vagina tanto que se desbordaba, lo sentías y te daba placer sentir mi semen llenándote por dentro. Te movías más y más cada vez, acumulando decenas de orgasmos en un instante… verte en medio de esa lluvia de placer era lo mejor.

Bajaste tus piernas de la baranda y te enrollaste a mi cintura completamente, nos abrazamos exhaustos pero complacidos, aún estaba dentro de ti y nuestros sexos palpitaban juntos, parecía que iban a explotar. La brisa nos refrescaba del calor intenso que nuestros cuerpos desprendían. Nos besamos de nuevo con un cariño especial.

Logré pararme contigo encima y te llevé cargada, sin salirme de ti, caímos en la cama y seguimos disfrutando toda la noche de lo comenzó en aquella inolvidable terraza frente al mar.

Alberto Celis Miranda – 2015

 

 

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